La inteligencia artificial no creó la ficción. La perfeccionó.
Vivimos en una época donde una foto puede no existir, una oficina puede ser digital, un currículum puede estar inflado por algoritmos y hasta la facilidad de palabra puede ser apenas un buen prompt. Y el problema no es la tecnología. El problema empieza cuando la imagen reemplaza a la realidad. Hoy vemos perfiles profesionales impecables, estudios jurídicos que parecen enormes estructuras corporativas, publicaciones con análisis brillantes, experiencias laborales extraordinarias y discursos técnicamente perfectos. Pero muchas veces, cuando llega el momento de la entrevista, de la reunión o del trabajo concreto, aparece algo que la inteligencia artificial todavía no puede fabricar: la consistencia entre lo que se muestra y lo que realmente se es. Las redes sociales ya habían empujado hace tiempo a construir versiones editadas de nosotros mismos. La inteligencia artificial vino a darle herramientas mucho más sofisticadas a esa lógica. Ahora no solo se exagera una realidad: directam...